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2 extraterrestres

Raqfei: a las cucas también les va el manduqueo

Raqfei: a las cucas también les va el manduqueo Ahi te la qedas, o algo así es el nombre del grupo terrorista que acaba de sembrar la tragedia en Londres, los mismos que hicieron una masacre similar en Madrid y tumbaron las torres mellizas de Nueva Jamón de York.

Entre el terrorista y los gobiernos que los persiguen siempre se establece una interdependencia extraña de explicar, de modo que los primeros necesitan a los segundos para justificar sus actos y viceversa, ya sea por refuerzo como por exclusión.

Ya estoy disfrutando de mi nuevo laboratorio (que no de mi nuevo puesto, del cual me voy olvidando poco a poco) desde el mismo jueves. Se han superado todas las espectativas. Es mío, por tanto, ya estoy dentro del sistema de la propiedad; entro de cabeza en el mundo de los humano-adultos, el que sólo se preocupa de pagar letras, vigilar su hipoteca y manifestar sus planes de pensiones. Mientras, los auténticos valores como la generosidad, el sexo, el gusto por el arte, la creatividad, las emociones, el erotismo, la expresión corporal, la simpatía o la inteligencia pasan a un segundísimo plano en esta especie extraña de explicar. Te recomiendo que leas a Rousseau, a lo mejor encuentras respuestas.

Para celebrarlo me fui al Manducca con Foiju, a comer pollo (ya no como otra cosa). Situado en la Alameda de Hércules, me resultó un lugar con injusta publicidad: la comida es sabrosa, y de precio moderado. La ambientación es chic y la carta variada (vamos, que me pediría un plato de cada). Justo cuando nos trajeron nuestro plato, vimos como una cucarachita, pobre ella, que paseaba a sus anchas de un extremo a otro del restaurante. Recordé aquella vieja escena de Victor o Victoria, en la cual ella aprovecha la presencia del susodicho insecto para montar la marimorena, quedar como una limpia señora y sacarse la cena gratis, a base de gritos e histerismos. Muchos de esta especie sienten pánico por las cucarachas. A mí me gustan, me resultan simpáticas, pobrecicas, tan dignas. Decidimos no rememorar la escena y, con discreción y disimulo, le dijimos al camarero que observase la presencia de aquel duende. Entonces el histérico fue él: enrolló uná revista y la persiguió a golpazos por el restaurante, quedando claramente evidente la presencia del susodicho bicho.

Me terminé mi brocheta de pollo y recé por la cuca muerta. En fin, donde hay comida hay bichos, de toda la vida de dios.

Seguimos en contacto.

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